lunes, 31 de enero de 2011

Vivir sólo cuesta vida


Con pasos firmes o titubeantes, caminamos sabiendo que el barro puede ensuciar nuestros zapatos.
Resulta primordial tener en claro este principio los a la hora de poner los pies sobre la tierra - por más que prefiera quedar suspendido en el aire -, midiendo la magnitud de nuestras acrobacias, adentrándonos cada vez más en el camino que conduce a uno mismo.
Después de todo, por más complejo y rebuscado que sea éste sendero, se trata de vivir intensamente lo que tiende a brotar de nuestro interior, dejando que fluyan las emociones y canalizarlas en un mismo viaje. Estas serán quienes nos acompañen - ahora y para siempre - siendo las más puras de las manifestaciones que puedan encontrarse desde afuera hacia adentro, en el proceso más hermoso y difícil, de la introspección.
Es de vital importancia conocerse a uno mismo, y sin traicionarse, saber de qué somos capaces.
Derribaremos muros a cabezazos como los pájaros rompen cascarones, sólo asi podremos expandir nuestros horizontes, despertándonos sin miedo de quien esté durmiendo a nuestro alrededor, ya que una vez abiertos los ojos y llenar de vida nuestras pupilas, las únicas barreras serán mentales.

martes, 7 de diciembre de 2010


No puedo decir que la «resolución» hubiese alterado grandemente mi vida. Me hizo un poco más indiferente para con los achaques, un poco más descuidado en el uso del opio y del vino, un poco más curioso por lo que se refiere al límite de lo soportable: esto fue todo.
Loco, pues, tenía yo que estar y muy alejado de «cualquiera» si aquellas voces habían de llegar hasta mí y hablarme de aquellos mundos. Dios mío, ¿no estaba yo hacía ya muchísimo tiempo bastante alejado de la vida de todos los hombres, de la existencia y del pensamiento de las personas normales, no estaba yo hacía muchísimo tiempo bastante apartado y loco? Y, sin embargo, en lo más íntimo de mi ser comprendía perfectamente la llamada, la invitación a estar loco, a arrojar lejos de mí la razón, el obstáculo, el sentido burgués, a entregarme al mundo hondamente agitado y sin leyes del espíritu y de la fantasía.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ni un paso atrás


En estos momentos tuve una certeza fulminante: cada uno tenía una misión pero ésta no podía ser elegida, definida administrada a voluntad. Era un error desear nuevos dioses, y completamente falso querer dar algo al mundo. No existía ningún deber, ninguno, para un hombre consciente, excepto el de buscarse a sí mismo, afirmarse en su interior, tantear un camino hacia adelante sin preocuparse de la meta a que pudiera conducir. Aquel descubrimiento me conmovió profundamente; éste fue el fruto de aquella experiencia. Yo había jugado a menudo con imágenes del futuro y soñado con papeles que me pudieran estar destinados, de poeta quizá, de profeta, de pintor o de cualquier otra cosa. Aquellas imágenes no valían nada. Yo no estaba en el mundo para escribir, predicar o pintar; ni yo ni nadie estaba para eso. Tales cosas podían surgir marginalmente. La misión verdadera de cada uno era llegar a sí mismo. Se podía llegar a poeta o a loco, a profeta o a criminal; eso no era asunto de uno; a fin de cuentas carecía de importancia. Lo que importaba era encontrar su propio destino, no un destino cualquiera, y vivirlo por completo. Todo lo demás eran medianías, un intento de evasión, de buscar refugio en el ideal de la masa; era amoldarse; era miedo ante la propia individualidad. La nueva imagen surgió terrible y sagrada ante mis ojos, presentida múltiples veces, quizá pronunciada ya otras tantas, pero nunca vivida hasta ahora. Yo era un proyecto de la naturaleza, un proyecto hacia lo desconocido, quizá hacia lo nuevo, quizá hacia la nada; y mi misión, mi única misión, era dejar realizarse este proyecto que brotaba de las profundidades, sentir en mí su voluntad e identificarme con él por completo.

lunes, 15 de noviembre de 2010



“Fue, pues, la exageración de mis aspiraciones y no la magnitud de mis faltas lo que me hizo como era y separó en mi interior, más de lo que es común en la mayoría, las dos provincias del bien y del mal que componen la doble naturaleza del hombre. Pero a pesar de mi profunda dualidad, no era en sentido alguno hipócrita, pues mis dos caras eran igualmente sinceras(...) Fue en el terreno de lo moral y en mi propia persona donde aprendí a reconocer la verdadera y primitiva dualidad del hombre. Vi que las dos naturalezas que contenía mi conciencia podía decirse que eran a la vez mías porque yo era radicalmente las dos. El lado malo de mi naturaleza, al que yo había otorgado el poder de aniquilar temporalmente al otro, era menos desarrollado que el lado bueno, al que acababa de desplazar..”

lunes, 1 de noviembre de 2010